sábado, 2 de junio de 2012

De los Portones al Arco, Décimo quinta entrega





Décimo quinta entrega:


           
            La noche de las alpargatas


            Soto, el mecánico de Las Chimbas, le había contado que Gala tenía apuro por ir a lo de de su tía de Giagnoni. Por eso, Juano camina sobre una calle de tierra y recuerda que la tía Ricura era, tal vez, el único pariente vivo que le quedaba a su mujer en esos lugares. También piensa que es muy probable que ella ya no esté en la casa de la tía, aunque la esperanza de encontrar una respuesta, una mínima pista hace que sus pasos avancen con rapidez.

            Ricura es la menor de las hermanas del abuelo. Gala siempre contaba que era tan golosa de chica que se dormía todas las noches con un caramelo de leche en la boca, a escondidas de la familia. Una mañana se despertó y no podía hablar porque se le habían pegado los dientes. Cuando lograron abrirle la boca con un yerbiado como para pelar chanchos, la niña gritó entre lágrimas: «Es que era una ricura». Ahora, la tía debe tener más de 85 años.

La noche fría se ha concentrado entre las viñas y los durazneros. Después del granizo, las primeras fogatas aparecen a lo lejos para amortiguar la posible helada en el amanecer. Juano se guía por los callejones con las luces del fuego. «Debe ser por acá», se dice Juano y corta camino por unas hileras todas embarradas. Se siente adentro de un sueño, donde él mismo se mira desde arriba tambaleando, con los brazos caídos, entre las cañas de una orilla y una hijuela turbia de la otra. De pronto escucha unos gritos. Dos hombres, armados con zapas, vienen furiosos hacia él. Juano corre por entre los cañaverales que le lastiman las manos y la cara, salta una zanja, trata de trepar un álamo; aunque los perseguidores siguen sin perderle pisada. Hasta que  tropieza con otros surcos empantanados. Juano se acuerda de Rambo, la primera, y se unta de barro para no ser descubierto y queda agazapado, mientras aguarda el ataque. Poco a poco, los cuadros oscuros que forman los viñedos son fotogramas de una película de súper-acción.

Escucha las voces acercarse a la trinchera improvisada, sin embargo él no se mueve de su posición. Los hombres dejan de hablar entre ellos y Juano no siente  más los pasos. «Ya pasó todo», piensa. Hasta que el crepitar de las hojas y el humo le demuestran que está equivocado. Uno de ellos ha prendido fuego la viña con un mechero. Juano se abalanza sobre el otro que ha dejado la zapa a un costado. Se asusta tanto al verlo lleno de barro que sale corriendo, se tropieza y se le sueltan las alpargatas. El del mechero empieza a gritar y se le viene con la zapa en alto. Pero cuando llega a la nariz del vendedor ambulante realiza un gesto inexplicable. Tira la herramienta hacia un costado y agarra las alpargatas recién abandonadas. Con un solo movimiento lo desafía a pelear con él a alpargatazo limpio.

La película hace una pausa.

—¿Qué le pasa, maestro?—le dice Juano medio entre risas— ¿Se ha vuelto loco?
—Callate, chorro de cuarta.
—Amigo, yo nada más ando buscando la casa de mi tía Ricura.
—Mirá que no estoy jodiendo—grita el otro con asco y le tira una de las alpargatas a la cara. Juano la ataja y le responde:
—Creo que es de mi número—y se pone a saltar como un boxeador.

Los detalles de la pelea son difíciles de precisar. Si Juano quisiera contárselos un día a su amigo Santi, en su memoria quedarán errantes y dispersos por los golpes. Desde lejos se habrán oído los chasquidos en los hombros y las caras, aunque es imposible porque no había nadie más que ellos dos entre esos callejones. Debe haber sido, por lo tanto, una lucha tosca y oscura, sin los brillos que hubieran dado un par de simples puñales. Pero en un momento, Juano está acorralado contra el fuego. Un insoportable calor le abrasa la espalda. El otro levanta la mano para darle el golpe final con la alpargata llena de barro y de sangre. Entonces, Juano alcanza a esquivar a tiempo el alpargatazo y empuja a su contrincante hacia las llamas. El otro sale espantado con la camisa encendida, se revuelca un poco en la tierra, corre hasta la hijuela de agua podrida y se lanza de cabeza.

Fin de la película. Así, Juano se levanta mareado, busca el bolso que nunca se le pierde y comienza su carrera. Esta que partió desde los Portones del Parque entre carros vendimiales y trompetas de alegría. Mira para atrás y se dice: «Me voy antes de que empiece Rambo II».

Cuando por fin llega a la casa de la tía Ricura es casi la medianoche. Golpea despacito la puerta. Nadie. Mira por la ventana y la luz tenue del televisor muestra a la tía que cabecea entredormida en un sillón. Un perro ladra desde el fondo, aunque parece que está atado. Juano insiste con la puerta. Se asoma otra vez por la ventana y la tía no está. El perro ya no ladra. El corazón de Juano es un caballo desbocado, pero apoya la oreja contra la puerta y por la cerradura intenta ver si la tía viene arrastrando los pies. Nada. Un hierro helado se le clava en el cuello.

—¿Se puede saber qué quiere Usted a esta hora, m’hijo?—dice la tía Ricura mientras le apunta con una Winchester del siglo XIX.
—Tía, soy yo, Juano—dice con los dientes apretados—. El esposo de su sobrina Gala.
—Hable más fuerte que escucho poco y veo menos. Dese vuelta, mocoso.
—Tía—le explica Juano—. Mi mujer es la Galatea, hija de su sobrina Chicha, casada con el Chiche.
—¿Chicha, Chiche?—duda la tía, pero enseguida recuerda algo—. Ah, sí la colorada.
—Sí, yo soy el marido y la busco desde ayer sábado.

La tía baja la escopeta, e intenta abrir la puerta con la llave, pero tarda una infinidad en acertar dentro de la cerradura.

—Pasá, nene. Debés estar muy cansado— dice mientras prende la luz del comedor y lo mira a Juano de la cabeza a los pies—. Vos tenés que pegarte un baño urgente.
—Disculpe, tía. ¿Sabe algo de su sobrina?
—¿Traés algo rico en ese bolso mugriento?—y busca con los ojos casi ciegos.
            —Sí, unas tabletas mendocinas exquisitas—Juano contraataca—¿Gala, la hija de la Chicha, ha venido a visitarla?
—Claro, m’hijo, si estuvo aquí hasta recién.

Juano casi da un salto sobre sí mismo. Todas las preguntas se le juntan contra los labios y lo hacen tartamudear:

—Le, le di-dijjjo algo de po-por qué se ha ido de mi-mi casa.
—No te entiendo nada, muchacho.
—¿Sabe por qué me abandonó?

La tía Ricura baja la mirada y pone suavemente su mano sobre la de Juano. Da un largo suspiro y con la voz entrecortada, pero firme, le dice:

—La Galatea se fue con otro hombre.



HERNÁN SCHILLAGI



Soundtrack: Amor se llama el juego, de Joaquín Sabina.


5 comentarios:

Marisa Perez Alonso dijo...

Mirá los vericuetos de las andanzas de Juano. Es como una especie de cadena de favores. Veamos hacia dónde nos llevan los últimos kilómetros de este apasionante amor.

Un abrazo

Hernán Schillagi dijo...

Marisa: creo que en una época de crisis, como esta que le toca a Juano en suerte (personal y la del 2002), de algún modo se sale por la solidaridad. Y el amor, por supuesto.

Gracias por seguir acompañando el viaje de Juano.

sergio dijo...

Lo único que le faltaba al pobre Juano: “no solo apaleado, sino cornudo”. Y viene a enterarse un domingo en Giagnoni. Malísimo. Si fuera sábado podría ir al club, tomarse un par de tragos y bailar unas cumbias. Pero no. Vida perra.

Proyecto María Castaña dijo...

Un ruido: Me sonó un tanto a manual de "realismo mágico" la explicación del nombre de la tía Ricura... y no al estilo Gabo, sino al Allende, hummm, pensalo. Cuando lo leí, me dije, lo mejor que le podría haber pasado a esta señora es haberse ahogado con esos caramelos y que la familia la hubiera encontrado azul al otro día. Igual: FUNCIONA, es cuestión de gustos. Prefiero cuando te movés en el campo del realismo seco con algún que otro toque poético y cuando apelás al intertexto aludiendo a la cultura de nuestra generación (desde objetos hasta películas... lo de Rambo, genial).
Un escamoteo: prometés una lucha a alpargatillazo limpio y no la describís completa, solo dejás entrever el final... ¡animate!: describila como un encuentro de karate.
Una sugerencia para el final: creo doña Ricura debería decir: "La Galatea se fue con otro hombre". No concibo a nadie de su generación, sea escolarizado o no, que no emplee el artículo antepuesto al nombre propio. Además que la llame por su nombre completo suena mucho más verosímil.
Está buenísima la historia, quizás he estado un poco dura... pero he leído con las hojas impresas de los capítulos en la mano y la lapicera roja.
Un abrazo... cuando te cansés, pasale mi dirección a Juano y yo en una hora veinte, más o menos, lo dejo en El Desaguadero. Ni le cobro la nafta.

Marisa Perez Alonso dijo...

Maria Castaña ¡Excelente tu comentario!Me gusta la dureza de la tinta roja...